Las nuevas "Gildas"
En “Gilda”, película más conocida por la escena en la que ella propiciaba una bofetada a Farrell, encontramos a una mujer fuerte, con un carácter dulce y agrio al unísono, que le hacen inolvidable y en cuyas redes es muy fácil caer.
Tan diferente era Gilda a las mujeres de la época, que los hombres perseguían a Rita Hayworth, la protagonista, buscando en ella al irreverente personaje. Su fuerte personalidad e increíble belleza la hacían irresistible.
Y es que la figura femenina de la década de los cuarenta estaba sujeta a una fuerte tradición, unida a una sociedad dominada por hombres. Tradición que Gilda rompía.
En ese momento, la mujer parecía servir únicamente para ser madre y esposa. No había más opciones, solo una minoría eran trabajadoras. Éstas, además, pagaban el precio de la discriminación. Tenían grandes impedimentos para acceder a la mayoría de puestos de trabajo, además se les reducían las funciones y las responsabilidades, que en contraposición se reservaban a los varones. De todas formas, al convertirse en madres, lo abandonaban todo.
Eran tiempos difíciles, no sólo la población femenina era tratada de modo discriminatorio; sino que también personas de diferente raza, idioma y religión quedaban al margen de la sociedad.
Los esfuerzos internacionales para combatir la exclusión han sido casi inexistentes hasta la aprobación de la Carta de las Naciones Unidas (ONU) en 1945. Uno de los objetivos de este documento era fomentar “el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales de todos los individuos sin distinción de raza, sexo, idioma o religión”. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, contiene una amplia afirmación de los derechos humanos, aunque carece de efecto vinculante sobre los Estados miembros. El motivo principal por el que no se conseguía la igualdad era la vergüenza de los propios países, que se negaban a reconocer la situación real de su sociedad.
Siempre ha habido personajes interesados en acabar con la guerra de sexos. Por ejemplo, ya en 1792, Mary Wollstonecraft escribió Una reivindicación de los derechos de la mujer, una obra que defendía la igualdad de oportunidades y la libertad de la mujer. Y es que en el siglo XVIII apareció el llamado Movimiento feminista, que tiene como objetivo lograr la libertad de la mujer e igualarla al sexo masculino, obteniendo derecho al sufragio, al trabajo (con su correspondiente y digno salario), educación... Por poner un ejemplo, en España entre las décadas 30 y 50 la diferencia cultural entre ambos sexos era enorme: entre el 50 y 70% de la población femenina era analfabeta (actualmente el cromosoma XX es mayoritario en las universidades españolas).
El feminismo tuvo gran aceptación en Gran Bretaña, protestante en su mayor parte y muy industrializada, y en Estados Unidos. Sus dirigentes eran mujeres cultas y reformistas de la clase media.
En 1910, la escritora Clara Zetkin organizó la primera conferencia internacional de mujeres socialistas, aprobando una resolución que establecía el día 8 de marzo como Día Internacional de la mujer trabajadora. Hoy se celebra en otros países del mundo para recordar los derechos de la mujer.
El movimiento feminista resurgió hacia 1960, tomando fuerza en Europa occidental. Surgía la pregunta ¿por qué la mujer debe ser inferior al hombre?
Y con la misma cuestión hemos llegado a estos tiempos. Tiempos en los que todavía queda gente que opina que existen dos niveles diferentes, y que las mujeres somos ciudadanas de segunda. La igualdad no implica que las mujeres debamos ascender a ningún nivel, y tampoco (como quieren pensar algunos) que pretendemos bajar a nadie al nuestro. Desengáñense, todos estamos en el mismo. Y efectivamente existen diferencias entre ambos sexos, y ¡gracias a Dios! Esas diferencias pienso yo que están hechas con toda la intención del mundo, para que cada uno sea mejor que otro en algo y podamos ir avanzando. Para ello nos necesitamos unos a otros. No somos iguales, somos complementarios. Aunque se han logrado importantes mejoras en cuanto a la igualdad de oportunidades, todavía queda un largo camino por recorrer. Poco a poco la mujer trata de hacerse un hueco en la sociedad actual, pero los logros no son suficientes. Aún existen diferencias en el mundo laboral. La mayoría tiene un salario inferior al del hombre, aun realizando la misma tarea. En muchos casos, en igualdad de formación y experiencia (o hasta en inferioridad), se contrata antes a una persona del género masculino por aquello de la maternidad. Ya saben, a la mujer hay que darle esas “vacaciones” por ser mamá y traer al mundo a sus futuros clientes. Y qué decir de la incompatibilidad entre trabajo y niños... ¡Ni que sólo fuese cosa de mujeres!. ¿Y por qué no mencionar la importancia del físico de la mujer? Debe estar siempre impecable. No hay más que encender un momento el televisor y toparnos con uno de esos anuncios de cremas anti-celulíticas, anti-arrugas, anti- “imperfectas” mujeres.
Aún no se ha llegado a la igualdad. Y digo igualdad. Creo que la mayoría de mujeres no buscamos la dominación sobre los hombres, y eso que después de tantos años de sometimiento, cierta venganza no estaría mal... Pero no. Eso significaría caer en la misma trampa. Lo que se pretende lograr es un equilibrio entre mujeres y hombres para que obtuviésemos como resultado una sociedad bien estructurada y virtuosa. En esa sociedad no llamaría la atención si el número de ministras es mayor o menor que el de ministros, no molestaría el “Bienvenidos todos” (y no todas), no tendrían cabida reportajes sobre el sueldo de las deportistas en contraposición con el de los deportistas, ni yo habría escrito esto.

Carmen dijo
Hola, suelo visitar este blog a menudo, y la verdad es que siempre encuentro cosas interesantes. Ana, me estás sorprendiendo gratamente. Me gustan esos pequeños toques de humor que das a tus posts, se hace muy ameno leerlos. Sigue así. Saludos.
Carmen
4 Noviembre 2006 | 05:35 PM